Rojo y negro
Rojo y negro Pasada más de una hora, cuando el señor de Rênal regresó con el nuevo preceptor todo vestido de negro, se encontró a su mujer sentada en el mismo sitio. La tranquilizó la presencia de Julien; al pasarle revista se le olvidaba tenerle miedo. Julien no estaba pensando en ella; pese a desconfiar mucho del destino y de los hombres, en aquellos instantes no tenÃa sino alma de niño; le parecÃa que habÃa vivido años desde el momento en que, tres horas antes, estaba tembloroso delante de la iglesia. Notó la expresión gélida de la señora de Rênal, se dio cuenta de que estaba enfadada porque se habÃa atrevido a besarle la mano. Pero la sensación de orgullo que sentÃa con el contacto de ropa tan diferente de la que solÃa llevar lo sacaba de tal modo de sus casillas, y tenÃa tanto empeño de disimular su alegrÃa, que en cuantos movimientos hacÃa habÃa un toque brusco y alocado. La señora de Rênal lo miraba con ojos perplejos.
—Seriedad, caballero —le dijo el señor de Rênal—, si es que quiere que lo respeten mis hijos y mis criados.
—Señor —contestó Julien—, me noto violento con esta ropa nueva; soy un aldeano humilde que nunca ha llevado más que chaquetas; iré, si me lo permite, a encerrarme en mi cuarto.
—¿Qué te parece esta nueva adquisición? —le dijo el señor de Rênal a su mujer.