Rojo y negro
Rojo y negro En un arranque casi instintivo del que no se percató seguramente, la señora de Rênal disfrazó la verdad ante su marido.
—No estoy tan encantada como usted con ese aldeanito; las atenciones que tiene con él lo convertirán en un impertinente y, antes de que pase un mes, no le habrá quedado más remedio que despedirlo.
—¡Bueno, pues lo despediremos! Como mucho me saldrá por unos cien francos, y Verrières se habrá acostumbrado a ver que los hijos del señor de Rênal tienen preceptor. No se habrÃa cumplido ese objetivo si hubiera dejado que Julien siguiera con las fachas de un operario. Cuando lo despida, me quedaré, por descontado, con toda la ropa negra que acabo de encargarle al pañero. Solo le quedará lo que acabo de encontrar ya confeccionado en el sastre y que lleva ahora encima.
La hora que pasó Julien en su cuarto le pareció un instante a la señora de Rênal. Los niños, a quienes les habÃan anunciado al nuevo preceptor, agobiaban a su madre a preguntas. Por fin se presentó Julien. Era otro hombre. No habrÃa sido exacto decir que estaba serio; era la encarnación de la seriedad. Se lo presentaron a los niños y les habló con un tono que dejó asombrado al mismÃsimo señor de Rênal.