Rojo y negro

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No diremos con qué sensación de odio y casi de repugnancia pisó suelo inglés. Ya conocemos su desaforada pasión por Bonaparte. En todos los oficiales veía a un sir Hudson Lowe; en todos los grandes señores, a un lord Bathurst ordenando las infamias de Santa Elena y recibiendo por recompensa diez años de ministerio.

En Londres supo por fin qué era la suma fatuidad. Había trabado relación con jóvenes nobles rusos que lo iniciaron en ella.

—Está predestinado, mi querido Sorel —le decían—; tiene por naturaleza esa apariencia fría y a mil leguas de la sensación presente que tanto intentamos mostrar.

—No ha entendido este siglo en que vive —le decía el príncipe Korázov—: haga siempre lo contrario de lo que esperen de usted. En eso consiste, palabra de honor, la única religión de esta época; no sea ni insensato ni afectado, pues entonces esperarían de usted insensateces o afectación y el precepto no se cumpliría.

Julien tuvo un gran éxito un día en el salón del duque de Fitz-Folke, que lo había convidado a cenar junto con el príncipe Korázov. Los tuvieron esperando una hora. La forma en que se condujo Julien entre las veinte personas que esperaban todavía la citan los jóvenes secretarios de embajada en Londres. Su expresión no tenía precio.


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