Rojo y negro
Rojo y negro —Ahora me toca a mà —dijo el marqués—: primo: ¿cómo se le ocurrió decir en el baile que dio el embajador de Rusia que hay en Francia trescientos mil muchachos de veinticinco años que desean fervientemente la guerra? ¿Le parece que sea algo cortés con los reyes?
—Nunca se sabe cómo hablar con nuestros grandes diplomáticos —dijo Julien—. Tienen la manÃa de iniciar conversaciones serias. Quien se atenga a los tópicos de los periódicos pasa por tonto. Si alguien se permite decir algo cierto y nuevo, se quedan asombrados, no saben qué contestar y, a la mañana siguiente a las siete, mandan al primer secretario de la embajada a decirle a uno que ha faltado a las conveniencias.
—No está mal —dijo el marqués, riéndose—. Por lo demás, caballero de los pensamientos profundos, apuesto que no ha adivinado lo que ha ido a hacer a Inglaterra.
—Discúlpeme —contestó Julien—; he ido a cenar todas las semanas en casa del embajador del rey, que es el más cortés de los hombres.