Rojo y negro

Rojo y negro

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Por la noche, al llegar al baile, lo impresionó la magnificencia del palacete de Retz. El patio de entrada lo techaba un gigantesco toldo de cutí carmesí con estrellas de oro: nada podía haber más elegante. Bajo el toldo, habían convertido el patio en un bosque de naranjos y adelfas en flor. Como habían tenido buen cuidado de enterrar bastante los recipientes, las adelfas y los naranjos parecían brotar del suelo. El camino que recorrían los coches estaba enarenado.

Aquel conjunto le pareció extraordinario a nuestro provinciano. No tenía idea de que pudiera existir tanta magnificencia; en un periquete, tuvo la imaginación, impresionada, a mil leguas del mal humor. En el coche, según iban al baile, Norbert estaba contento y él lo veía todo negro; nada más entrar en el patio, se volvieron las tornas.

Norbert solo tenía conciencia de algunos detalles que, entre tanta magnificencia, se habían descuidado. Calibraba el gasto de todo y según iba llegando a un total elevado, Julien notó que casi parecía envidioso y que se iba enfadando.

Pero él llegó, seducido, admirativo y casi tímido a fuerza de emoción, al primer salón donde estaban bailando. Había apreturas en la puerta del segundo y el gentío era tal que no pudo seguir andando. La decoración del segundo salón reproducía la Alhambra de Granada.


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