Rojo y negro
Rojo y negro —Es la reina del baile, es indiscutible —decÃa un joven con bigote que le estaba clavando un hombro en el pecho a Julien.
—La señorita Fourmont, que ha sido la más bonita todo el invierno —le contestaba su vecino—, se da cuenta de que está bajando al segundo lugar; mira la cara tan peculiar que pone.
—La verdad es que navega a toda vela para agradar. Mira qué sonrisa tan encantadora ahora que aparece sola en esa contradanza. Palabra de honor que hay que verlo para creerlo.
—La señorita de La Mole parece dominar la satisfacción que le proporciona su triunfo, del que se da perfecta cuenta. DirÃase que teme agradar a quien le hable.
—¡Muy bien! En eso consiste el arte de la seducción.
Julien se esforzaba en vano por vislumbrar a aquella mujer seductora: siete u ocho hombres de mayor estatura le impedÃan verla.
—Hay mucha coqueterÃa en esa reserva tan noble —añadió el joven del bigote.
—Y esos ojos azules tan grandes que bajan la mirada tan despacio en el momento en que podrÃa creerse que están a punto de traicionarse —siguió diciendo el vecino—. La verdad es que nada puede haber más hábil.