Rojo y negro

Rojo y negro

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—Mira qué vulgar parece a su lado la hermosa Fourmont —dijo un tercer joven.

—Esa expresión reservada quiere decir: ¡de cuánta amabilidad haría gala con usted si fuera un hombre digno de mí!

—Y ¿quién puede ser digno de la sublime Mathilde? —dijo el primero—. Algún príncipe soberano, guapo, ingenioso, buen mozo, un héroe en la guerra y con no más de veinte años.

—El hijo natural del emperador de Rusia… a quien darían un trono para propiciar esa boda… o, sencillamente, el conde de Thaler, con su aspecto de labriego con el traje de los domingos…

La puerta se despejó y Julien pudo entrar.

«Ya que tan notable les parece a esos muñecos, merece la pena que la estudie —pensó—. Entenderé en qué consiste la perfección para esas personas.»

Cuando la estaba buscando con la vista, Mathilde lo miró. «El deber me llama», se dijo Julien. Pero no había ya enfado en su cara. La curiosidad lo movía a acercarse con una satisfacción que el vestido, de hombros muy caídos, de Mathilde acrecentó enseguida, de una forma, a decir verdad, poco halagüeña para su amor propio. «Hay juventud en su hermosura», pensó. Cinco o seis jóvenes, entre los que Julien reconoció a los que había oído hablar en la puerta, se interponían entre ambos.


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