Rojo y negro

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—Usted, caballero, que lleva aquí todo el invierno —le dijo ella—, ¿no es cierto que este baile es el más bonito de la temporada?

Él no contestaba.

—Esta cuadrilla de Coulon me parece admirable, y esas señoras la bailan de forma perfecta.

Los jóvenes se volvieron para ver quién era el feliz mortal a quien se le quería sacar a toda costa una respuesta. No fue alentadora la tal respuesta.

—No puedo ser buen juez, señorita; me paso la vida escribiendo; es el primer baile así de magnífico que he visto.

Los jóvenes de bigote se quedaron escandalizados.

—Es usted un sabio, señor Sorel —prosiguió ella con un interés más marcado—; ve todos estos bailes, todas estas fiestas, como un filósofo, como J.-J. Rousseau. Estas locuras le asombran sin seducirlo.

Una palabra acababa de apagarle la imaginación a Julien y de expulsarle toda ilusión del corazón. Hizo con los labios un mohín desdeñoso quizá un tanto exagerado.

—J.J. Rousseau no es sino un necio desde mi punto de vista —contestó— cuando se mete a juzgar a la buena sociedad; no la entendía y tenía, al tratarla, el corazón de un lacayo advenedizo.

—Escribió El contrato social —dijo Mathilde con acento de veneración.


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