Rojo y negro
Rojo y negro —Mientras predica la república y el derrocamiento de las dignidades monárquicas, a ese advenedizo lo embriaga la dicha si un duque cambia de rumbo en su paseo de después de la cena para acompañar a uno de sus amigos.
—¡Ah, sÃ! El duque de Luxemburg, en Montmorency, acompaña a un tal señor Coindet en la dirección por donde cae ParÃs… —siguió diciendo la señorita de La Mole con el gusto y el descuido del primer goce de pedanterÃa. La embriagaban sus conocimientos casi tanto como al académico que descubrió la existencia del rey Feretrio. La mirada de Julien siguió penetrante y severa. Mathilde habÃa tenido un arrebato momentáneo de entusiasmo; la frialdad de su partner la dejó muy desconcertada. Le extrañó tanto más cuanto que era ella la que tenÃa costumbre de causar ese efecto en los demás.