Rojo y negro
Rojo y negro Mientras el marqués de Croisenois, al no poder atravesar la aglomeración, miraba a Mathilde con expresión risueña, ella posaba en él y en sus vecinos los grandes ojos azul celeste. «¿Habrá algo más adocenado que ese grupo? —se dijo—. Ahà viene Croisenois, que pretende casarse conmigo: es dulce y educado, tiene unos modales perfectos, igual que el señor de Rouvray. Si no resultaran tan aburridos, esos señores serÃan muy agradables. Él también me seguirá al baile con ese aire de pocos alcances y satisfecho. Pasado un año de la boda, mi coche, mis caballos, mis vestidos, mi palacio a veinte leguas de ParÃs, todo estará a pedir de boca, todo lo que se requiere para que se muera de envidia una advenediza, una condesa de Roiville, por ejemplo. ¿Y qué?»