Rojo y negro
Rojo y negro Mathilde ya se estaba aburriendo de antemano. El marqués de Croisenois consiguió llegar hasta ella y le estaba hablando, pero ella estaba ensimismada, sin atender a lo que decía. El ruido de sus palabras lo confundía con el zumbido del baile. Seguía automáticamente con la mirada a Julien, que se había alejado con expresión respetuosa, pero dura y descontenta. Vio de lejos en un rincón, alejado de la muchedumbre que iba y venía, al conde Altamira, condenado a muerte en su país y a quien el lector ya conoce. Durante el reinado de Luis XIV, una de sus parientes se había casado con un príncipe de Conti; ese recuerdo lo protegía hasta cierto punto de la policía de la Congregación.
«Me parece que solo que lo condenen a muerte puede distinguir a un hombre —pensó Mathilde—. Es lo único que no se compra.
»¡Ay!, acabo de decirme algo ingenioso. ¡Qué lástima que no se me haya ocurrido en un momento en que pudiera lucirme!»
Mathilde tenía demasiado buen gusto para sacar a relucir en la conversación un dicho ingenioso preparado de antemano, pero era también demasiado vanidosa para no sentirse encantada consigo misma. Una expresión de felicidad sustituyó a la de aburrimiento. El marqués de Croisenois, que seguía hablándole, creyó intuir un triunfo y se volvió aún más locuaz.