Rojo y negro
Rojo y negro «¿Qué le podrÃa objetar a mi dicho ingenioso una persona con mala intención? —se dijo Mathilde—. Le contestarÃa al crÃtico: un tÃtulo de barón o de vizconde se compran; una condecoración, la dan; a mi hermano le acaban de dar una y ¿qué ha hecho? Un grado se obtiene, diez años de guarnición, o un padre ministro de la Guerra, y ya eres jefe de escuadrón, igual que Norbert. ¡Una gran fortuna!… Eso es lo más difÃcil y, por lo tanto, lo que más mérito tiene. ¡Qué gracia! Es lo contrario de cuanto dicen los libros… Bien, pues para la fortuna se casa uno con la hija del señor Rothschild.
»La verdad es que mi dicho es de mucho calado. La condena a muerte sigue siendo lo único que a nadie se le haya ocurrido nunca solicitar.»
—¿Conoce al conde Altamira? —le dijo al señor de Croisenois.
ParecÃa regresar de tan lejos y la pregunta tenÃa tan poco que ver con todo cuanto llevaba el pobre marqués diciéndole desde hacÃa cinco minutos que, por muy amable que este fuera, se quedó desconcertado. Era, no obstante, hombre ingenioso y con fama de serlo.