Rojo y negro

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«Mathilde es singular —pensó—; es un inconveniente; pero ¡le aporta tan buena posición social a su marido! No sé cómo se las ingenia este marqués de La Mole, tiene relaciones con lo mejor de todos los partidos; es un hombre que no puede irse a pique. Y además esa singularidad de Mathilde puede pasar por talento. Viniendo de alta cuna y con mucho dinero, el talento no resulta ridículo. Y, en tal caso, ¡qué elegancia! Además cuando quiere, reúne tan bien esa mezcla de ingenio, de carácter y de oportunidad en que consiste el perfecto agrado…» Como resulta difícil hacer dos cosas a la vez, el marqués contestaba a Mathilde con expresión vacua y como si estuviera recitando una lección:

—¿Quién no conoce al pobre Altamira?

Y le refería la historia de aquella conspiración fallida, ridícula, absurda.

—Muy absurda —dijo Mathilde, como si hablase consigo misma—, pero hizo algo. Quiero ver a un hombre; tráigamelo —le dijo al marqués, que se quedó muy escandalizado.

El conde Altamira era uno de los admiradores más notorios de la expresión altanera y casi impertinente de la señorita de La Mole; era esta, desde su punto de vista, una de las mujeres más hermosas de París.

—¡Qué hermosa estaría en un trono! —le dijo al señor de Croisenois; y dejó que lo llevase donde estaba ella sin poner dificultades.


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