Rojo y negro
Rojo y negro Un torbellino de jóvenes con bigote se habÃa acercado a Mathilde. Se habÃa percatado a la perfección de que no habÃa seducido a Altamira y se habÃa picado al verlo marcharse; notaba que los ojos negros le relucÃan al hablar con el general peruano. La señorita de La Mole miraba a los jóvenes franceses con esa expresión de profunda seriedad que ninguna de sus rivales podÃa imitar. «¿Cuál de ellos —pensaba— podrÃa conseguir que lo condenasen a muerte incluso dándole por supuestas todas las oportunidades favorables?»
Aquella mirada singular halagaba a los poco inteligentes, pero inquietaba a los demás. TemÃan el estallido de alguna frase aguda y de difÃcil respuesta.
«Una alta cuna proporciona cien prendas cuya ausencia me ofenderÃa, me doy cuenta de ello por el ejemplo de Julien —pensaba Mathilde—, pero marchita las prendas del alma por las que condenan a muerte.»
En ese momento, alguien estaba diciendo cerca de ella: «Ese conde Altamira es el hijo segundo del prÃncipe de SanNazaro-Pimentel, fue un Pimentel quien intentó salvar a Conradino, decapitado en 1268. Se trata de una de las familias más nobles de Nápoles.»