Rojo y negro

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«¡Menuda confirmación de mi máxima —se dijo Mathilde—: una elevada cuna priva de la fuerza de carácter sin la cual es imposible que lo condenen a uno a muerte! Está visto que esta noche estoy predestinada a desbarrar. Ya que no soy sino una mujer como otra cualquiera, debo bailar, pues.» Cedió a las instancias del marqués de Croisenois, que llevaba una hora pidiéndole un galop. Para olvidar su fracaso en filosofía, Mathilde quiso ser rematadamente seductora: el señor de Croisenois se quedó encantado.

Pero ni el baile ni el deseo de agradar a uno de los galanes más pulidos de la corte, nada de eso pudo distraer a Mathilde; era imposible tener más éxito. Era la reina del baile y se daba cuenta, pero con frialdad.

«¡Qué vida tan desvaída voy a pasar con este Croisenois…! —se decía según la acompañaba él a su sitio una hora después—. ¿Dónde hallaré yo el placer —añadió tristemente— si, tras estar seis meses fuera, no lo encuentro en un baile que despierta la envidia de todas las mujeres de París? Y además me rodean los agasajos de una compañía para la que no puedo imaginar mejor composición. No hay aquí más burgueses que unos cuantos senadores y uno o dos Julien quizá. Y sin embargo —añadía con creciente tristeza— ¡qué mercedes no me habrá concedido la suerte: linaje ilustre, fortuna, juventud! ¡Todo, ay, menos la felicidad!


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