Rojo y negro
Rojo y negro »Las mercedes más dudosas son por cierto esas que me han mencionado durante toda la velada. El ingenio, y creo que es cierto, porque está claro que todos me tienen miedo. Si se atreven a tratar un tema serio, al cabo de cinco minutos de conversación llegan con la lengua fuera y como si acabasen de hacer un gran descubrimiento a algo que llevo una hora repitiéndoles. Soy guapa, tengo esa prenda por la que la señora de Staël lo habrÃa sacrificado todo, y sin embargo es un hecho que me muero de aburrimiento. ¿Hay alguna razón para que me aburra menos cuando cambie mi apellido por el del marqués de Croisenois?
»Pero ¡Dios mÃo! —añadió, sintiendo casi ganas de llorar—, ¿no es acaso un hombre perfecto? Es la obra maestra de la educación de este siglo; es imposible mirarlo sin que se le ocurra algo grato, e incluso gracioso, que decirte; es valiente… Pero el Sorel ese es singular —se dijo, y se le iba de los ojos la mirada taciturna y aparecÃa la mirada enojada—. Lo he avisado de que tenÃa que hablar con él y no se digna volver.»