Rojo y negro
Rojo y negro »A mi Julien, en cambio, nada más le gusta actuar solo. ¡No hay nunca en ese ser privilegiado la mÃnima idea de buscar apoyo o ayuda en los demás! Desprecia a los demás; y por eso no lo desprecio yo.
»Si, siendo pobre, como lo es, Julien fuera noble, mi amor no serÃa sino una necedad vulgar, un casamiento desigual de lo más pedestre; no serÃa para mÃ; no habrÃa en él eso que caracteriza las grandes pasiones: lo inmenso de la dificultad que hay que vencer y la negra incertidumbre del acontecimiento.»
La señorita de La Mole estaba tan absorta en tan nobles razonamientos que al dÃa siguiente, sin darse cuenta, les cantó las alabanzas de Julien al marqués de Croisenois y a su propio hermano. Su elocuencia fue tan allá que estos se picaron.
—Tenga cuidado con ese joven que tantas energÃas tiene —exclamó su hermano—; si vuelve a empezar la revolución, ¡nos mandará guillotinar a todos!
Mathilde se guardó muy mucho de contestar y se apresuró a tomarles el pelo a su hermano y al marqués de Croisenois a cuenta del temor que tenÃan a las energÃas. En el fondo, no es sino el miedo a toparse con lo imprevisto, el temor a quedarse sin saber qué hacer en presencia de lo imprevisto.
Siempre, siempre, señores mÃos, el temor al ridÃculo, ese monstruo que por desgracia murió en 1816.