Rojo y negro
Rojo y negro «Según se comporta en la vida ordinaria, no cree en la religión —pensaba Julien—; le gusta por que le resulta utilÃsima a los intereses de su casta.»
Pero ¿no podrÃa acaso, por simple delicadeza, reprocharse la falta cometida? Julien creÃa haber sido su primer amante.
«Aunque —se decÃa en otros momentos— hay que reconocer que no hay nada ni ingenuo, ni sencillo, ni tierno en su forma de ser; nunca la he visto más altanera. ¿Me despreciará? SerÃa muy propio de ella reprocharse lo que ha hecho por mà solo por mi humilde cuna.»
Mientras Julien, sumido en los prejuicios sacados de los libros y de los recuerdos de Verrières, iba tras la quimera de una amante cariñosa y que no pensase ya en la propia existencia puesto que ha hecho feliz al amante, la vanidad de Mathilde estaba furiosa con él.
Como desde hacÃa dos meses habÃa dejado de aburrirse, no temÃa ya el aburrimiento; y asÃ, sin poder sospecharlo ni por asomo, Julien habÃa perdido su mayor ventaja.