Rojo y negro

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«Me he dado un dueño —se decía la señorita de La Mole, presa de la pena más negra—. Es afortunadamente hombre de honor acrisolado; pero si le exaspero la vanidad se vengará dando a conocer qué relaciones tenemos.» Mathilde no había tenido nunca un amante y en esta circunstancia de la vida, que proporciona unas cuantas ilusiones tiernas a las almas más desabridas, estaba entregada a las reflexiones más amargas.

«Tiene sobre mí un poder inmenso, ya que reina por el terror y puede imponerme un castigo atroz si le agoto la paciencia.» Bastaba ese pensamiento para impeler a la señorita de La Mole a ofender a Julien. El valor era la principal virtud de su carácter. Nada podía alterarla y curarla de un resto de aburrimiento que volvía a nacer continuamente sino el pensamiento de que se estaba jugando la vida entera a cara o cruz.

El tercer día, como la señorita de La Mole se obstinaba en no mirarlo, Julien la siguió, después de la cena, y claramente en contra de la voluntad de ella, hasta la sala de billar.

—¿Qué hay, caballero? —le dijo con una ira apenas contenida—. ¿Es que cree que ha adquirido sobre mí derechos muy poderosos puesto que, oponiéndose a mi voluntad, manifestada con total evidencia, pretende hablar conmigo? ¿Sabe que nadie en el mundo se ha atrevido nunca a tanto?


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