Rojo y negro

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Nada más gracioso que el diálogo de estos dos amantes; sin sospecharlo, los impulsaba un sentimiento mutuo de odio de lo más exaltado. Como no era ninguno de los dos de carácter paciente y, por lo demás, tenían el hábito del trato social, no tardaron en decirse claramente que estaban reñidos de forma definitiva.

—Le juro un secreto eterno —dijo Julien—; añadiría incluso que nunca le volvería a dirigir la palabra si no fuera porque su reputación no podría tolerar ese cambio demasiado evidente.

Se despidió respetuosamente y se fue.

Cumplía sin excesivo disgusto con lo que consideraba un deber; distaba mucho de creer que estuviera enamorado de la señorita de La Mole. No la amaba, desde luego, tres días antes, cuando lo escondió en el armario ropero de caoba. Pero todo le cambió velozmente en el ánimo en cuanto se vio reñido de forma definitiva con ella.

La cruel memoria empezó a recordarle las mínimas circunstancias de aquella noche que, en la realidad, lo había dejado tan frío.

Esa misma noche que siguió a la declaración de riña eterna, Julien estuvo a punto de volverse loco al no quedarle más remedio que reconocer que quería a la señorita de La Mole.

Tras ese descubrimiento vinieron unos combates atroces: tenía trastornados todos los sentimientos.


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