Rojo y negro
Rojo y negro Pasados dos dÃas, en vez de mostrarse orgulloso con el señor de Croisenois, casi lo habrÃa abrazado echándose a llorar.
El hábito de la infelicidad le aportó una chispa de sentido común: se decidió a marcharse a Languedoc, hizo el baúl y fue a la casa de postas.
Se sintió desfallecer cuando, al llegar al despacho, le dijeron que, por una singular casualidad, habÃa una plaza para el dÃa siguiente en la mala de Tolouse. La reservó y volvió al palacete de La Mole para comunicarle su marcha al marqués.
El señor de La Mole habÃa salido. Más muerto que vivo, Julien fue a esperarlo a la biblioteca. ¡Qué no sentirÃa cuando se encontró allà con la señorita de La Mole!
Al verlo llegar, Mathilde puso una expresión aviesa que no le permitÃa a Julien hacerse ilusiones.
Llevado de su desdicha, desconcertado por la sorpresa, Julien cayó en la flaqueza de decirle con el tono más tierno y que le salÃa del alma:
—¿Asà que ya no me quiere?
—¡Me horroriza haberme entregado al primero que llega! —dijo Mathilde llorando de rabia contra sà misma.