Rojo y negro
Rojo y negro —¡Al primero que llega! —exclamó Julien, y se abalanzó hacia una espada antigua, de la Edad Media, que se conservaba en la biblioteca a título de curiosidad.
El dolor, que creía extremado en el momento en que le dirigió la palabra a la señorita de La Mole, acababan de centuplicarlo las lágrimas de vergüenza que le veía correr. Poder matarla lo habría hecho el más feliz de los hombres.
Cuando acababa de sacar la espada, con cierto trabajo, de la antigua vaina, Mathilde, feliz con una sensación tan nueva, se le acercó orgullosamente; ya no le corrían las lágrimas.
El marqués de La Mole, su benefactor, le acudió a Julien vivamente al pensamiento. «¡Matar yo a su hija! —se dijo—. ¡Qué espanto!» Hizo ademán de tirar la espada. «No cabe duda —se dijo— de que va a soltar la carcajada cuando vea este gesto de melodrama.» Este pensamiento le devolvió por completo la sangre fría. Miró la antigua espada con curiosidad, como si hubiera buscado en ella alguna mancha de orín; luego volvió a envainarla y, con la mayor tranquilidad, la devolvió al clavo de bronce dorado del que colgaba.
Todo ese gesto, muy lento al final, duró por lo menos un minuto; la señorita de La Mole, lo miraba, pasmada: «¡Así que mi amante ha estado a punto de matarme!», se decía.