Rojo y negro
Rojo y negro Aquel pensamiento la trasladaba a los tiempos más hermosos del siglo de Carlos IX y de Enrique III:
Estaba quieta ante Julien, que acababa de poner la espada en su sitio, y lo miraba con ojos en que ya no habÃa odio. Hay que reconocer que estaba muy seductora en esos momentos y, desde luego, mujer alguna se habÃa parecido nunca menos a una muñeca parisina. (Esta expresión era la gran objeción de Julien contra las mujeres de aquella comarca.)
«Voy a volver a cometer alguna debilidad con él —pensó Mathilde—; y entonces sà que se creerÃa mi dueño y señor, tras una recaÃda y en el preciso instante en que acabo de hablarle con tanta firmeza.» Y emprendió la huida.
«¡Qué hermosa es, Dios mÃo! —dijo Julien al verla correr—. Esta es la mujer que se arrojaba en mis brazos con tanto arranque no hace ni ocho dÃas… y ¡esos instantes no volverán nunca! Y ¡la culpa la tengo yo! Y ¡cuando ocurrió un hecho tan extraordinario y de tanto interés para mÃ, no fui sensible a ello!… Hay que reconocer que nacà con un carácter bien adocenado y bien desdichado.»
Llegó el marqués; a Julien le faltó tiempo para anunciarle que se iba.
—¿Adónde? —dijo el señor de La Mole.
—A Languedoc.