Rojo y negro
Rojo y negro Si en ese momento hubiera surgido algún medio aceptable de reanudar las relaciones, Mathilde lo habría recibido con gusto. Julien, encerrado con dos vueltas de llave en su cuarto, era presa de la desesperación más violenta. Se le ocurrían ideas insensatas que le hacían pensar en ir a arrojarse a los pies de Mathilde. Si, en vez de quedarse escondido en un lugar apartado, hubiera andado errante por el jardín y el palacete, de forma tal que hubiera estado al alcance de las ocasiones, quizá habría trocado en un solo instante en la mayor de las dichas su espantosa desdicha.
Pero esa maña cuya carencia le reprochamos habría excluido el arrebato sublime de coger la espada que, en aquellos momentos, le hacía parecer tan encantador a los ojos de la señorita de La Mole. Ese capricho, que le era favorable a Julien, duró todo el día; Mathilde veía una imagen deliciosa de los cortos instantes en los que lo había querido y los añoraba.
«En realidad —se decía—, mi pasión por ese pobre muchacho no duró, que él haya sabido, más que desde la una de la madrugada, cuando lo vi llegar con la escalera y todas esas pistolas en el bolsillo lateral, hasta las ocho de la mañana. Fue un cuarto de hora después, mientras oía misa en Saint-Valère, cuando empecé a pensar que iba a creerse dueño mío y que podría intentar que le obedeciera recurriendo al terror.»