Rojo y negro

Rojo y negro

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Después de cenar, la señorita de La Mole no solo no rehuyó a Julien, sino que habló con él y lo animó, en cierto modo, a ir con ella al jardín; él obedeció. Mathilde estaba cediendo, sin darse cuenta del todo, al amor que volvía a sentir por él. Notaba un gran placer paseando a su lado; le miraba con curiosidad las manos, que aquella mañana habían agarrado la espada para matarla.

Después de semejante acción, después de todo lo que había sucedido, ya no podía salir a colación de ninguna manera su conversación pasada.

Poco a poco. Mathilde empezó a hacerle confidencias íntimas sobre el estado de su corazón. Hallaba una singular voluptuosidad en aquella clase de conversaciones; acabó por contarle los arrebatos de entusiasmo pasajero que había sentido por el señor de Croisenois y por el señor de Caylus.

—¡Cómo! ¡Por el señor de Caylus también! —exclamó Julien; y todos los celos amargos de un amante abandonado se traslucían en esa frase. Así lo entendió Mathilde y no se sintió ofendida.

Siguió atormentando a Julien al describirle detalladamente sus sentimientos pasados de la forma más pintoresca y con el acento de la autenticidad más íntima. Julien pasaba por el dolor de notar que Mathilde, según iba hablando, se descubría cosas en el corazón.

La desdicha de los celos no puede llegar a más.


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