Rojo y negro
Rojo y negro Sospechar que aman a un rival es ya algo muy cruel; pero que nos confiesen con todo detalle el amor que este le inspira a la mujer a quien adoramos es sin duda el colmo del dolor.
¡Ah, qué castigo padecían en aquel momento los arranques de orgullo que habían llevado a Julien a ponerse por encima de los Caylus y de los Croisenois! ¡Con qué desdicha íntima y sentida desorbitaba los mínimos méritos de estos! ¡Con qué ferviente buena fe se despreciaba a sí mismo!
Mathilde le parecía adorable; cualquier palabra resulta débil para expresar lo enajenado de su admiración. Mientras paseaba a su lado, le miraba de reojo las manos, los brazos y el porte de reina. Estaba a punto de postrarse a sus pies, anonadado de amor y de desdicha y gritando: piedad.
«Y ¡esta mujer tan hermosa, tan superior a todo, que una vez me quiso, no tardará seguramente en querer al señor de Caylus!»