Rojo y negro
Rojo y negro Julien no podía dudar de la sinceridad de la señorita de La Mole; se le notaba demasiado el acento de la verdad en todo cuanto decía. Para que su desventura no careciese de nada en absoluto, hubo momentos en que, a fuerza de darles vueltas a los sentimientos que había tenido una vez por el señor de Caylus, Mathilde acabó por hablar de él como si lo quisiera en ese momento. No cabía duda de que en su tono había amor, Julien lo veía con claridad.
Habría sufrido menos si hubiera tenido el pecho inundado por dentro de plomo derretido. ¿Cómo, tras llegar a ese enajenamiento de desdicha, habría podido adivinar el pobre muchacho que era porque estaba hablando con él por lo que la señorita de La Mole disfrutaba tanto al recordar las veleidades anteriores de amar al señor de Caylus o al señor de Luz?
No hay palabras para expresar las congojas de Julien. Oía las confidencias detalladas del amor que Mathilde sentía por otros en esa misma avenida de tilos en que había estado esperando, hacía tan pocos días, a que diera la una para entrar en su cuarto. Un ser humano no puede soportar padecimiento mayor.