Rojo y negro
Rojo y negro Esta clase de cruel intimidad duró ocho días largos. Mathilde ora parecía buscar ocasiones para hablar con él, ora las rehuía; y el tema de conversación al que ambos parecían regresar siempre con una especie de voluptuosidad cruel era el relato de lo que había sentido ella por otros; Mathilde le contaba incluso las cartas que había escrito, y hasta recordaba las palabras, le recitaba frases enteras. En los últimos días, parecía mirar a Julien con algo así como una alegría maligna. Los sufrimientos de este eran para ella un gran goce.
Vemos que Julien no tenía experiencia alguna de la vida, ni siquiera había leído novelas; si hubiese sido algo menos desmañado, le habría dicho con algo de sangre fría a aquella joven a la que tanto idolatraba y que le hacía tan peculiares confidencias: «Convenga conmigo en que, aunque no valga yo tanto como todos esos señores, a quien quiere usted sin embargo es a mí»…
A lo mejor Mathilde se habría alegrado de que adivinase lo que sentía; al menos, el éxito habría dependido por completo de la forma ocurrente con que hubiera expresado Julien ese pensamiento y del momento que hubiera escogido. En cualquiera de las casos, habría salido airoso y con ventaja de una situación que a Mathilde acabaría por parecerle monótona.
—Y ¡a mí, que la adoro, ya no me quiere! —le dijo un día Julien, trastornado de amor y de desventura. Esta necedad era casi la mayor que podía cometer.