Rojo y negro
Rojo y negro Aquella frase acabó en un abrir y cerrar con todo el placer que hallaba la señorita de La Mole en hablarle del estado de su corazón. Estaba empezando a extrañarle que, después de lo que había sucedido, a Julien no lo ofendieran sus relatos; llegó hasta suponer que, en el momento en que le dijo esas palabras tan sandias, quizá había dejado ya de quererla. «El orgullo ha acabado con su amor seguramente —se decía—. No es hombre que consienta en ver que le prefieren impunemente a personas como Caylus, De Luz y Croisenois, que confiesa que le son tan superiores. ¡No, no volveré a verlo a mis pies!»
Los días anteriores, con la ingenuidad de su desdicha, Julien elogiaba frecuentemente con sinceridad las brillantes prendas de esos caballeros; llegaba incluso a exagerarlas. Este matiz no se le había escapado a la señorita de La Mole; le extrañaba, pero no adivinaba el motivo. El alma frenética de Julien, al elogiar a un rival a quien creía amado, simpatizaba con su dicha.
Aquella frase tan sincera, pero tan necia, lo cambió todo en un momento; Mathilde, segura de que la amaba, lo despreció por completo.