Rojo y negro

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Estaba paseando con él cuando Julien dijo esa torpeza; se fue y su última mirada expresaba el más espantoso de los desprecios. Tras regresar al salón, no volvió a mirarlo en toda la velada. Al día siguiente, tenía el corazón rebosante de ese desprecio; quedaba olvidado el arranque que durante ocho días la había hecho disfrutar tanto tratando a Julien como al amigo más íntimo; le causaba desagrado verlo. Esa sensación de Mathilde llegó hasta el asco; no hay palabras para expresar el tremendo desprecio que sentía cuando los ojos se le topaban con él.

Julien no había entendido nada de todo cuanto había sucedido en el corazón de Mathilde desde hacía ocho días, pero reconoció el desprecio. Tuvo la sensatez de presentarse ante ella lo menos posible, y no la miró nunca.

Pero no dejó de causarle una pena mortal privarse, en cierto modo, de su presencia. Creyó notar que su desdicha crecía aún más por ello. «El valor del corazón de un hombre no puede ir más allá», se decía. Se pasaba la vida asomado a una ventanita de los altos del palacete; cerraba con cuidado la celosía y desde allí, por lo menos, podía divisar a la señorita de La Mole cuando salía al jardín.


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