Rojo y negro

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¡Qué no sentiría cuando, después de la cena, la veía pasear con el señor de Caylus, con el señor de Luz o con algún otro a quien le había confesado que había tenido veleidades de amar hacía tiempo!

Julien no sabía que se pudiera ser tan intensamente desgraciado; le faltaba poco para gritar; aquella alma tan firme ya estaba trastornada de arriba abajo.

Se le había vuelto odioso cualquier pensamiento que fuera ajeno a la señorita de La Mole; era incapaz de escribir las cartas más sencillas.

—Ha perdido usted el juicio —le dijo el marqués.

Julien, temiendo que adivinase qué le pasaba, habló de enfermedad y consiguió que lo creyera. Afortunadamente para él, el marqués bromeó durante la cena acerca de su próximo viaje: Mathilde cayó en la cuenta de que podría ser muy largo. Julien llevaba ya varios días evitándola y aquellos jóvenes tan brillantes, que tenían todo cuanto le faltaba a esta persona pálida y adusta a quien antes había amado, no tenían ya poder para sacarla de su ensimismamiento.

«Una muchacha corriente —se decía— habría buscado al hombre a quien preferir entre estos jóvenes que atraen todas las miradas en un salón; pero uno de los rasgos del talento es no arrastrar el pensamiento por las rodadas que ha abierto el vulgo.


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