Rojo y negro
Rojo y negro »La expresión desdichada y de honda pasión con que el pobre muchacho me dijo esa frase de amor hace ocho dÃas lo demuestra, por lo demás; hay que reconocer que fui muy extravagante al enfadarme por una frase donde destacaban tanto respeto y tanta pasión. ¿No soy acaso su mujer? Era una frase muy natural y, hay que reconocerlo, muy agradable. Julien me seguÃa queriendo después de conversaciones interminables en las que yo solo habÃa hablado, y con mucha crueldad, lo admito, de las veleidades amorosas que el aburrimiento de esta vida que llevo me habÃan hecho sentir por esos jóvenes de la buena sociedad de quienes está tan celoso. ¡Ay, si supiera qué poco peligro suponen para mÃ! ¡Qué endebles me parecen a su lado, todos ellos copiados los unos de los otros!»
Mientras se hacÃa esas reflexiones, Mathilde estaba dibujando trazos al azar con un lápiz en una hoja de su álbum. Uno de los perfiles que acababa de concluir la dejó asombrada y encantada: se parecÃa a Julien de forma que llamaba la atención. «¡Es la voz del cielo! He aquà uno de los milagros del amor —exclamó con entusiasmo—: sin darme cuenta, dibujo su retrato.»