Rojo y negro

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Se fue corriendo a su habitación, se encerró en ella, puso mucho empeño, intentó muy en serio hacer el retrato de Julien, pero no pudo conseguirlo; el perfil trazado al azar siguió siendo el más parecido; Mathilde se quedó encantada, vio en ello la prueba evidente de una gran pasión.

No dejó el álbum hasta muy tarde, cuando la marquesa la mandó llamar para ir al teatro de la Ópera italiana. Solo pensó en una cosa, en buscar a Julien con la vista para que su madre lo invitase a acompañarlas.

No apareció; las señoras no tuvieron en el palco más que a personas corrientes. Mathilde se pasó todo el primer acto de la ópera soñando con el hombre a quien amaba con los arranques de la pasión más ardiente; pero, en el segundo acto, una sentencia amorosa cantada, hay que decirlo, con la música de una melodía digna de Cimarosa se le metió en el corazón. La heroína de la ópera decía: «Debo castigarme por la adoración tremenda que por él siento; lo quiero demasiado».





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