Rojo y negro

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No bien oyó esa tonada sublime todo cuanto existía en el mundo desapareció para Mathilde. Le hablaban y no contestaba; su madre la reñía y apenas si conseguía mirarla. Su éxtasis llegó a un estado de exaltación y de pasión comparable a los arrebatos más violentos que Julien llevaba unos cuantos días sintiendo por ella. La tonada, llena de un encanto divino, con cuya música cantaban la sentencia que le parecía una aplicación tan llamativa de su posición le ocupaba todos los momentos en que no estaba pensando directamente en él. Gracias a su amor por la música estuvo esa noche lo mismo que la señora de Rênal estaba siempre cuando pensaba en Julien. El amor intelectual tiene, sin duda, más ingenio que el amor verdadero, pero solo se compone de instantes de entusiasmo; se conoce demasiado a sí mismo, se juzga a sí mismo continuamente; lejos de extraviar el pensamiento, solo está construido a fuerza de pensamientos.

Al regresar a casa, sin importarle lo que dijera la señora de La Mole, Mathilde alegó que tenía fiebre y se pasó parte de la noche repitiendo la tonada al piano. Cantaba la letra de la famosa melodía que la había embelesado:

Devo punirmi, devo punirmi

Se troppo amai, etc.


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