Rojo y negro
Rojo y negro El resultado de esa noche insensata fue que Mathilde creyó que había conseguido triunfar sobre su amor. (Esta página perjudicará de más de una forma al desventurado autor. Las almas gélidas lo acusarán de indecencia. No insulta a las jóvenes que brillan en los salones de París suponer que solo una de entre ellas pueda caer en los arranques de locura que le deterioran el carácter a Mathilde. Este personaje es completamente imaginario, y está incluso imaginado muy apartado de las costumbres sociales que, entre los siglos todos, garantizan un rango tan distinguido a la civilización del siglo XIX.
No es de prudencia de lo que carecen las jóvenes que han sido ornato de los bailes de este invierno.
Tampoco creo que se las pueda acusar de despreciar en demasía una espléndida fortuna, caballos, buenas fincas y todo cuando garantiza una posición confortable en el mundo. Lejos de no ver sino aburrimiento en todas esas ventajas, suelen estas ser objeto de los deseos más constantes y, si por algo hay pasión en los corazones, ellas son las se llevan la palma.