Rojo y negro

Rojo y negro

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Tampoco corre a cargo del amor el éxito de los jóvenes dotados de cierto talento, como Julien; se unen con abrazo invencible a algún círculo, y, cuando el círculo triunfa, todas las cosas buenas de la sociedad les llueven encima. Desdichado el hombre de estudios que no pertenezca a ningún círculo; le echarán en cara incluso éxitos menudos y muy inciertos, y la virtud acendrada considerará un triunfo robarle. ¡Porque, lector mío, una novela es un espejo que pasea por el camino real! Ora refleja, para que lo vea usted, el azul del cielo, ora el cieno de los barrizales del camino. ¿Y llamará inmoral al hombre que lleva el espejo en su cuévano? ¡Su espejo muestra el cieno y usted acusa al espejo! ¡Acuse más bien al camino real donde está el barrizal y, más aún, al inspector de carreteras, que deja que el agua se estanque y se forme ese barrizal!

Ahora que ha quedado ya bien establecido que el carácter de Mathilde no puede darse en nuestro siglo, no menos prudente que virtuoso, siento menos aprensión de irritar a alguien al proseguir con el relato de las locuras de esta agradable joven.)

Mathilde se pasó todo el día siguiente acechando las ocasiones de asegurarse de la victoria sobre su loca pasión. Su objetivo principal fue desagradar a Julien en todo; pero no se le pasó por alto ninguno de sus sentimientos.


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