Rojo y negro
Rojo y negro »Puede albergarse la esperanza de que a los soldados jóvenes que reúna el jacobinismo los derroten en la primera batalla, o en la segunda a lo mejor; pero en la tercera, diré a riesgo de pasar ante ustedes, con sus prejuicios, por un revolucionario, en la tercera se volverán a encontrar con los soldados de 1794, que no eran ya los campesinos de las levas de 1792.
Al llegar a este punto, la interrupción llegó desde dos o tres sitios a la vez.
—Caballero —le dijo el presidente a Julien—, vaya a pasar a limpio en la habitación contigua el principio de esta acta que ha levantado.
Julien se fue, muy a su pesar. El ponente acababa de entrar en probabilidades sobre las que solía él reflexionar habitualmente.
«Temen que me ría de ellos», pensó. Cuando lo volvieron a llamar, el señor de La Mole estaba diciendo con una seriedad que a Julien, que lo conocía, le parecía muy graciosa:
—Sí, señores, es sobre todo de ese desventurado pueblo del que se puede decir:
¿Será dios, mesa o jofaina?