Rojo y negro
Rojo y negro »¡Será dios!, exclama el fabulista[64]. A ustedes, señores, parece corresponderles esa frase tan noble y tan profunda. Actúen en persona y la noble Francia volverá, más o menos igual a como la hicieron nuestros antepasados y a como la vieron aún nuestros ojos antes de que muriera Luis XVI.
»Inglaterra, o al menos sus nobles lores, aborrece tanto como nosotros el infame jacobinismo; sin el oro inglés, Austria, Rusia y Prusia no pueden pelear sino dos o tres batallas. ¿BastarÃa con eso para que llegase una feliz ocupación como la que el señor de Richelieu desaprovechó tan neciamente en 1817[65]? Yo no lo creo.
Aquà ocurrió una interrupción, pero que sofocaron los chsss de todo el mundo. ProcedÃa otra vez del antiguo general imperial, que querÃa la Orden del EspÃritu Santo y deseaba destacar entre los redactores de la nota secreta.
—Yo no lo creo —repitió el señor de La Mole, acallado el tumulto. Recalcó el yo con una insolencia que encantó a Julien. «Muy buena jugada —se decÃa mientras volaba su pluma casi tan deprisa como las palabras del marqués—. Con una frase bien dicha, el señor de La Mole aniquila las veinte campañas de ese tránsfugo.»