Rojo y negro
Rojo y negro —No es solo al extranjero —siguió diciendo el marqués con tono más mesurado— a quien podemos deberle una nueva ocupación militar. Toda esa juventud que escribe artÃculos incendiarios en Le Globe les proporcionará a ustedes tres o cuatro mil capitanes jóvenes, entre los que podrÃa haber un Kléber, un Hoche, un Jourdan, un Pichegru, aunque con intenciones no tan buenas.
—No supimos darle gloria —dijo el presidente—; habrÃa sido necesario conservarlo inmortal.
—Finalmente, tiene que haber en Francia dos partidos —siguió diciendo el señor de La Mole—, y no solo de nombre; dos partidos bien claros, bien definidos. Sepamos a quién hay que aplastar. Por una parte, los periodistas, los electores, la opinión, por decirlo con una sola palabra; la juventud y todo cuanto le causa admiración. Mientras se aturde con el ruido de esas palabras vanas, nosotros tenemos la innegable ventaja de consumir los presupuestos.
Aquà hubo otra interrupción.
—Usted, caballero —dijo el señor de La Mole a quien lo habÃa interrumpido, con altanerÃa y una soltura admirable—, no es que consuma, si es que la palabra lo escandaliza, sino que se traga cuarenta mil francos a cargo de los presupuestos del Estado y ochenta mil que recibe de la lista civil.