Rojo y negro
Rojo y negro Tres días antes habría matado gustoso al padre Castanède y, si en Estrasburgo un niño le hubiera llevado la contraria, le habría dado la razón al niño. Al volver a pensar en los adversarios y en los enemigos con los que se había encontrado en la vida, siempre le parecía que él, Julien, había errado.
Y es que ahora era implacable enemiga suya esa imaginación poderosa que antes estaba ocupada continuamente en pintarle éxitos tan brillantes en el futuro.
La soledad absoluta de la vida de viajero incrementaba el imperio de esa imaginación tétrica. ¡Qué tesoro habría sido un amigo! «Pero —se decía Julien—, ¿existe algún corazón que palpite por mí? Y, aunque tuviera un amigo, ¿no me ordena acaso el honor un silencio eterno?»
Se paseaba a caballo tristemente por las inmediaciones de Kehl; se trata de una población a orillas del Rin que inmortalizaron Desaix y Gouvion Saint-Cyr. Un campesino alemán le enseñaba los arroyuelos, los caminos, los islotes del Rin a los que dio renombre el valor de esos grandes generales. Julien, conduciendo el caballo con la mano derecha, llevaba desdoblado el estupendo mapa que adereza las Memorias del mariscal Saint-Cyr. Una exclamación alegre le hizo levantar la cabeza.