Rojo y negro
Rojo y negro Era el prÃncipe Korázov, aquel amigo de Londres que le habÃa desvelado pocos meses antes las normas fundamentales de la fatuidad de altos vuelos. Fiel a esa magna arte, Korázov, recién llegado la vÃspera a Estrasburgo y que llevaba en Kehl una hora sin haber leÃdo en la vida ni una lÃnea acerca del asedio de 1796, empezó a explicárselo todo a Julien. El campesino alemán lo miraba asombrado, pues sabÃa francés bastante para enterarse de los tremendos desatinos en que incurrÃa el prÃncipe. Julien estaba a mil leguas de los pensamientos del campesino; miraba pasmado a ese guapo joven y admiraba el donaire con que montaba a caballo.
«¡Qué forma de ser tan agradable! —se decÃa—. ¡Qué bien le sienta el pantalón! ¡Qué corte de pelo tan elegante! ¡Ay! Si yo hubiera sido asÃ, a lo mejor Mathilde, tras haberme querido tres dÃas, no habrÃa sentido aversión por mÃ.»
Cuando el prÃncipe hubo rematado su asedio de Kehl, le dijo a Julien:
—Parece usted un trapense. Exagera ese principio de solemnidad que le di en Londres. La expresión triste no puede ser de buen tono; lo que se precisa es la expresión de aburrimiento. Si está triste, es que carece de algo, de algo en que no ha tenido éxito.