Rojo y negro

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»Es mostrarse uno inferior. Pero si, antes bien, está aburrido, lo inferior es eso que ha intentado en vano agradarlo. Dese cuenta, mi querido amigo, de qué gran equivocación.

Julien le lanzó un escudo al campesino, que los escuchaba con la boca abierta.

—¡Bien! —dijo el príncipe—. ¡Hay donaire y un noble desdén! ¡Muy bien!

Y puso el caballo al galope. Julien lo siguió, rebosante de una admiración estúpida.

«¡Ay, si hubiera sido yo así, Mathilde no habría preferido a Croisenois!» Cuanto más le escandalizaban la razón las ridiculeces del príncipe, más se despreciaba por no admirarlas y se consideraba desdichado por no tenerlas. No puede llegar más lejos el asco por uno mismo.

El príncipe, al encontrarlo decididamente triste, le dijo al volver a Estrasburgo:

—Pero, mi querido amigo, ¿ha perdido todo su dinero o será que está enamorado de alguna actriz de segunda fila?

Los rusos copian los hábitos franceses, pero siempre a cincuenta años de distancia. Están ahora en pleno siglo de Luis XV.

Estas bromas a costa del amor le llenaron a Julien los ojos de lágrimas: «¿Por qué no consultar a este hombre tan encantador?», se dijo de repente.


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