Rojo y negro
Rojo y negro —¡Qué apellido! —dijo el prÃncipe soltando la carcajada—; pero perdóneme; para usted es sublime. Lo que tiene que hacer es ver a diario a la señora de Dubois; sobre todo no se presente ante ella frÃo e irritado; recuerde el gran principio de este siglo suyo: sea lo contrario de lo que esperan los demás que sea. Muéstrese tal y como era ocho dÃas antes de que lo honrase ella con sus bondades.
—¡Ah, qué tranquilo estaba entonces! —exclamó Julien desesperado—; me parecÃa que me compadecÃa de ella…
—La mariposa se quema en la llama de la vela —siguió diciendo el prÃncipe—, comparación tan vieja como el mundo.
»Primo. La verá a diario.
»Segundo. Cortejará a una mujer a quien ella trate, pero sin aparentar pasión, ¿me oye? Tiene que interpretar un papel difÃcil; está haciendo teatro y, si adivinan que lo está haciendo, está perdido.
—¡Ella tiene tanto talento y yo tan poco! Estoy perdido —dijo Julien tristemente.