Rojo y negro

Rojo y negro

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—No, es solo que está más enamorado de lo que yo creía. La señora de Dubois está tremendamente ocupada consigo misma, como todas las mujeres a las que ha concedido el cielo o demasiada nobleza o demasiado dinero. Se mira, en vez de mirarlo a usted y, en consecuencia, no lo conoce. En los dos o tres ataques de amor que se ha otorgado a favor suyo con un gran esfuerzo de la imaginación veía en usted al héroe que había soñado, y no lo que es de verdad…

»Pero ¡qué demonios!, esas cosas son elementales, mi querido Sorel; ¿tan inexperto es usted?

»¡Por vida de…! Vamos a entrar en ese comercio; ahí tiene un cuello negro delicioso, parece salido de las manos de John Anderson de Burlington-Street; hágame el favor de comprarlo y de tirar bien lejos esa infame cuerda negra que lleva al cuello.

»Por cierto —siguió diciendo el príncipe al salir de la tienda del mejor pasamanero de Estrasburgo—, ¿en qué ambiente se mueve la señora de Dubois? ¡Qué apellido, santo cielo! No se enfade mi querido Sorel, no lo puedo evitar… ¿A quién va a cortejar?


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