Rojo y negro

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Julien admiraba sinceramente al príncipe. ¡Qué no habría dado por caer en esas ridiculeces! La conversación entre ambos amigos se eternizó; Korázov estaba encantado: nunca lo había escuchado un francés tanto rato. «¡Así que por fin he conseguido que me escuchen dándoles lecciones a mis maestros!», se decía, embelesado, el príncipe.

—¿Ha quedado claro? —le repetía a Julien por décima vez—. Ni sombra de pasión cuando hable con la joven belleza hija del comerciante en medias de Estrasburgo en presencia de la señora de Dubois. Y, por el contrario, pasión ardiente cuando le escriba. Leer una carta de amor bien escrita es para una gazmoña un placer soberano; es un momento de descanso. No hace teatro y se atreve a escuchar a su corazón; así que dos cartas diarias.

—¡Nunca, nunca! —dijo Julien desanimado—. Más dejaría que me majasen en un mortero que redactar tres frases; soy un cadáver, mi querido amigo, no espere ya nada de mí. Déjeme morir a la orilla del camino.

—Y ¿quién le está hablando de redactar frases? Tengo en mi neceser tres tomos de cartas de amor manuscritas. Las hay para todos los caracteres de mujer; tengo algunas para la más encumbrada virtud. ¿Acaso no cortejó Kalisky en Richmond Terrace, ya sabe, a tres leguas de Londres a la cuáquera más bonita de Inglaterra?


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