Rojo y negro

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Julien se sentía menos desdichado cuando se separó de su amigo a las dos de la madrugada.

Al día siguiente, el príncipe mandó llamar a un copista y dos días después Julien tenía cincuenta y tres cartas de amor debidamente numeradas, destinadas a la virtud más sublime y a la más triste.

—No hay cincuenta y cuatro —dijo el príncipe— porque a Kalisky lo rechazaron; pero ¿qué más le da que lo maltrate la hija del comerciante en medias puesto que solo quiere influir en el corazón de la señora de Dubois?

Montaban a caballo a diario: el príncipe estaba prendado de Julien; no sabiendo cómo darle testimonio de su repentina amistad, acabó por ofrecerle la mano de una de sus primas, una rica heredera de Moscú.

—Y una vez casado —añadió—, mi influencia y esa condecoración que lleva ahí lo hacen coronel en dos años.

—Pero esta condecoración no me la dio Napoleón, ni mucho menos.

—Y ¿qué más da? —dijo el príncipe—. ¿No fue él quien la inventó? Sigue siendo con mucho la principal de Europa.


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