Rojo y negro

Rojo y negro

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Don Diego Bustos hizo que le explicasen el asunto un buen rato, sin decir nada, como un abogado en su gabinete. Tenía una cara gruesa de monje, con bigotes negros y una seriedad sin par; por lo demás, era un buen carbonario.

—Me hago cargo —le dijo por fin a Julien—. ¿La mariscala de Fervaques ha tenido amantes o no? ¿Tiene, pues, usted alguna posibilidad de éxito? Debo decirle que, en lo que a mí se refiere, fracasé. Ahora que no estoy ya emperrado me hago el siguiente razonamiento: se irrita muchas veces y, como le contaré dentro de nada, es bastante vengativa.

»No encuentro en ella ese temperamento bilioso que es el propio del talento y pone en todo cuanto se hace algo así como un barniz de pasión. Es, antes bien, de esa forma de ser flemática y tranquila de los holandeses, a la que debe su exquisita belleza y esos colores tan lozanos.

A Julien le hacía perder la paciencia la calma y la cachaza imperturbable del español; de vez en cuanto y a su pesar se le escapaban algunos monosílabos.

—¿Quiere escucharme? —le dijo muy serio don Diego Bustos.

—Disculpe la furia francese; soy todo oídos —dijo Julien.


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