Rojo y negro
Rojo y negro —Cuando la mariscala se indignó con esta canción —dijo don Diego— le hice notar que una mujer de su rango no debÃa leer las necedades que se publican. Por mucho que progresen la devoción y la seriedad, siempre habrá en Francia una literatura de taberna. Cuando la señora de Fervaques consiguió que dejasen al autor, un pobre diablo con media paga, sin una plaza de mil ochocientos francos, le dije: «Tenga cuidado; ha arremetido contra ese poetastro con sus armas, él puede contestarle con sus rimas: escribirá una canción sobre la virtud. Los salones dorados se pondrán de parte de usted; las personas a quienes les gusta reÃrse repetirán sus epigramas». ¿Y sabe, caballero, qué me contestó? «Por los intereses del Señor, todo ParÃs me verÃa encaminarme al martirio; serÃa un espectáculo nuevo en Francia. El pueblo aprenderÃa a respetar la calidad. SerÃa el dÃa más hermoso de mi vida». Nunca fueron sus ojos más bellos.
—Y ¡los tiene espléndidos! —dijo Julien.