Rojo y negro

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—Ya veo que está enamorado… Así pues —siguió diciendo solemnemente don Diego Bustos—, no tiene la constitución biliosa que mueve a la venganza. Si, pese a todo, le gusta hacer daño se debe a que es desgraciada; sospecho una desdicha interna. ¿No será acaso una gazmoña cansada de su oficio? —el español se quedó mirando en silencio a Julien un minuto largo—. Ahí está el quid del asunto —añadió solemnemente— y ahí es donde puede usted hallar cierta esperanza. Yo he pensado mucho en ello los dos años en que ejercí de su muy humilde servidor. Todo su futuro, señor enamorado, depende de ese magno problema: ¿es una gazmoña cansada de su oficio y que es mala porque es desgraciada?

—O, si no —dijo Altamira saliendo al fin de su hondo silencio—, ¿será lo que te he dicho veinte veces? Vanidad francesa, sencillamente; es el recuerdo de su padre, el comerciante en paños, lo que causa la desdicha de ese carácter taciturno y seco por naturaleza. Solo habría una felicidad para ella: vivir en Toledo y que la atormentase un confesor que le enseñase a diario el infierno abierto de par en par.

Cuando ya se iba Julien, don Diego le dijo, cada vez más solemne:


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