Rojo y negro

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—Me dice Altamira que es de los nuestros. Algún día nos ayudará a recuperar la libertad, así que quiero ayudarlo en esta pequeña diversión. Conviene que esté al tanto del estilo de la mariscala: aquí tiene cuatro cartas de su puño y letra.

—Voy a copiarlas —exclamó Julien—, y se las devolveré.

—Y ¿nunca sabrá nadie por usted ni una palabra de lo que hemos hablado?

—¡Nunca, por mi honor! —exclamó Julien.

—¡Que Dios lo ayude! —añadió el español, y acompañó en silencio hasta las escaleras a Altamira y a Julien.

Esta escena animó algo a nuestro héroe; a punto estuvo de sonreír. «¡Aquí tenemos al piadoso Altamira ayudándome en una empresa de adulterio!», se decía.

Mientras duró la solemne conversación con don Diego Bustos, Julien había estado pendiente de las campanadas de la hora que daban en el reloj del palacete de Aligre.

¡Se acercaba la cena e iba, pues, a volver a ver a Mathilde! Regresó y se vistió con mucho esmero.

«Primera tontería —se dijo mientras bajaba las escaleras—; hay que seguir al pie de la letra la receta del príncipe.»

Volvió a subir a su cuarto y se puso un traje de viaje sencillo a más no poder.


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